El cuerpo y la luz: La visión eterna de Ruth Bernhard

Ruth Bernhard nació el 14 de octubre de 1905 en Berlín, Alemania, en el seno de una familia culta y burguesa. Su padre, Lucian Bernhard, era un reconocido diseñador gráfico y artista, considerado uno de los fundadores del diseño gráfico moderno y del movimiento Sachplakat (carteles de objeto). Desde muy temprana edad, Ruth fue testigo de un entorno artístico y estéticamente sofisticado. Sin embargo, su infancia no fue fácil: sus padres se separaron cuando ella tenía cinco años, y fue criada en gran parte por su madre.

A pesar de las tensiones familiares, Bernhard encontró refugio en el arte. Fue educada en instituciones alemanas de élite y más tarde, entre 1925 y 1927, estudió en la Academie der Künste de Berlín, donde se centró en la pintura. Pero su formación como artista cambió drásticamente cuando su padre le regaló una cámara fotográfica. Fascinada por la capacidad de este aparato para capturar la luz, la textura y la forma, abandonó la pintura y se entregó por completo a la fotografía.

En 1927 emigró a Nueva York, motivada por el deseo de alejarse de la rígida atmósfera alemana y por la influencia de su padre, que se había trasladado a Estados Unidos años antes. Allí asistió brevemente a la Art Students League y comenzó a trabajar en el mundo editorial, primero como asistente en estudios fotográficos comerciales. Esta experiencia le dio una base técnica sólida, aunque su visión artística aún estaba por formarse.

La carrera fotográfica de Ruth Bernhard es una de evolución constante, marcada por decisiones personales y profesionales que la llevaron a distanciarse del circuito comercial de la fotografía para centrarse en la creación de una obra profunda, refinada y radicalmente personal.

Tras su llegada a Nueva York en 1927, Bernhard encontró trabajo como asistente de laboratorio fotográfico y luego en el mundo editorial, específicamente en revistas de moda y diseño. Sus primeros trabajos estaban enfocados en la fotografía publicitaria, una actividad que dominó con técnica impecable, aunque sin verdadera pasión. En esta etapa trabajó con cámaras de gran formato y adquirió una comprensión sólida de los principios técnicos del medio, como la exposición, la composición, el revelado y la impresión. Este conocimiento técnico riguroso sería esencial más adelante, cuando su obra se volviera completamente autoral.

Su transición de la fotografía comercial a la artística comenzó en la década de 1930, cuando se enfrentó a una profunda crisis personal. En 1934, produjo su primer desnudo artístico, In the Box Horizontal, que supuso un punto de inflexión: descubrió en el cuerpo humano una forma ideal de expresar su sensibilidad estética. Aquel mismo año tuvo un encuentro que cambiaría su vida: conoció al fotógrafo Edward Weston. Este encuentro fue breve pero significativo. Weston, ya un maestro consolidado del modernismo fotográfico, impresionó profundamente a Bernhard por su dedicación total a la forma y la pureza de la visión. Weston se convirtió en una figura modelo, un faro estético para ella. Aunque no trabajaron juntos extensamente, su filosofía influyó de manera duradera en la obra de Bernhard.

En 1935, movida por un deseo de transformación personal, se trasladó a California, primero a Los Ángeles y luego a San Francisco. Allí encontró una comunidad artística más abierta, menos sujeta a las convenciones del mundo editorial neoyorquino. Se integró al círculo fotográfico de la Costa Oeste, en el cual participaban figuras como Ansel Adams, Imogen Cunningham, Minor White y Wynn Bullock. Este grupo fomentaba una visión de la fotografía como una práctica contemplativa, donde la técnica estaba al servicio del espíritu y de la percepción visual profunda.

En San Francisco, Bernhard consolidó su carrera como fotógrafa de arte. Estableció un estudio propio y comenzó a trabajar con modelos femeninas en sesiones cuidadosamente diseñadas. Su método era meticuloso: elegía con precisión el encuadre, la iluminación y la pose. La sesión podía durar horas o incluso días. Para ella, no era suficiente capturar el cuerpo: se trataba de encontrar la armonía exacta entre forma y luz, así como  lograr una imagen que evocara algo más allá de lo físico. Esta búsqueda la llevó a crear algunas de las fotografías de desnudo más elegantes y poéticas del siglo XX.

En paralelo a su trabajo con el cuerpo humano, desarrolló también una línea de investigación visual con naturalezas muertas. Entre sus objetos preferidos estaban conchas marinas, huevos, jarras, telas, frutas, utensilios de cocina. Estos elementos eran dispuestos con precisión e iluminados de modo que revelaran una sensualidad sorprendente. La relación entre superficie, textura y sombra le permitía construir imágenes donde lo cotidiano se transformaba en símbolo.

A partir de los años cincuenta, Bernhard comenzó a enseñar fotografía, inicialmente de manera informal, y luego a través de cursos y talleres que ofrecía en universidades y centros de arte. Enseñó en el San Francisco Art Institute y, más tarde, en la University of California Extension y otras instituciones. Su enfoque pedagógico estaba centrado en la observación cuidadosa, la disciplina técnica y la conexión emocional con el objeto fotografiado. No se limitaba a enseñar composición o iluminación: invitaba a sus estudiantes a desarrollar una visión personal del mundo, a trabajar con devoción y a entender la fotografía como una forma de crecimiento espiritual.

Durante las décadas de 1960 y 1970, su obra experimentó una evolución más introspectiva. Influenciada por el pensamiento oriental, especialmente por el taoísmo, el budismo zen y las enseñanzas de Lao-Tsé, Bernhard empezó a considerar cada fotografía como una forma de meditación. A menudo decía que la fotografía debía «elevar el alma», y que su propósito era «hacer visible lo invisible». En esta etapa, sus imágenes se volvieron más serenas, más limpias, más centradas en la búsqueda de la armonía esencial entre luz y forma.

Aunque nunca fue una artista con una gran proyección mediática, su obra empezó a recibir atención institucional a partir de los años ochenta. Exposiciones individuales, publicaciones y entrevistas ayudaron a cimentar su reputación como una de las grandes maestras del desnudo artístico. A diferencia de sus colegas hombres, Bernhard trabajaba con una sensibilidad femenina, una mirada diferente. Su manera de retratar el cuerpo femenino estaba libre de objetivación.

Lo primero que salta a la vista en sus fotografías es su amor por la forma. Para Bernhard, la forma es el camino hacia lo esencial. Ya sea un torso, una pierna, un huevo o una copa de vidrio, todo puede ser observado con igual reverencia si se coloca bajo la luz correcta. En sus imágenes no hay ruido visual, ni caos, ni elementos sobrantes. Cada línea, cada sombra y cada curva está pensada y cuidada con enorme atención. Esa limpieza visual no es frialdad, sino una forma de respeto por el objeto o el cuerpo que está fotografiando.

El desnudo femenino es probablemente el aspecto más reconocido de su obra. Su objetivo era mostrar la armonía, la fuerza interior y la belleza natural del cuerpo. Nunca hay violencia ni vulgaridad en sus desnudos. Al contrario, se nota un cuidado extremo, una ternura hacia la piel, las curvas y las texturas del cuerpo. Fotografías como Classic Torso, Eternity o In the Box son ejemplos perfectos de esta visión. El cuerpo no es solo un cuerpo: es una forma viva que se comunica con la luz.

Lo que hace especial su tratamiento del desnudo es la manera en que convierte el cuerpo en algo casi abstracto. Usa la luz de forma muy controlada para resaltar volúmenes, crear sombras suaves y eliminar lo que no es esencial. Muchas veces los rostros no aparecen o están fuera de foco. En cierta manera, su mirada recuerda a la escultura clásica: el cuerpo como símbolo de equilibrio, proporción y belleza pura.

Otro tema importante en su trabajo son las naturalezas muertas. Ella solía decir que “la luz puede transformar lo ordinario en extraordinario”. Les da un espacio, los ilumina cuidadosamente y espera el momento justo en que la luz revela algo nuevo. Estas fotos no tienen la intención de documentar el objeto, sino de sugerir su misterio, su forma interior. Son imágenes silenciosas y llenas de calma.

Su estilo es clásico, incluso minimalista. No necesitaba fondos complejos ni técnicas experimentales. Su trabajo no es moderno por buscar novedades, sino por mantenerse fiel a una idea esencial: que la fotografía puede ser una herramienta para ver con más profundidad. En un mundo lleno de imágenes rápidas y superficiales, su obra invita a detenerse, mirar con atención y encontrar belleza en lo simple.

A lo largo de su vida, Ruth Bernhard también desarrolló una filosofía personal sobre el arte. Creía que el arte debía elevar, inspirar, conectar al ser humano con algo más grande. No le interesaban las modas ni el éxito inmediato. Su compromiso era con la autenticidad, con la búsqueda interior. 

A partir de los ochenta, Bernhard también inició un proceso de revisión de su archivo, seleccionando cuidadosamente las imágenes que consideraba más representativas de su visión. Fue entonces cuando publicó The Eternal Body, su obra más reconocida. En esta etapa final de su carrera, su estudio se convirtió en un lugar de peregrinaje para fotógrafos jóvenes, estudiantes y admiradores. Organizaba sesiones de conversación, revisaba portafolios y daba conferencias. 

A pesar de su edad avanzada, conservó siempre una energía creativa impresionante. Su lucidez intelectual, su elegancia y su humildad la convirtieron en una figura querida y respetada por varias generaciones de fotógrafos. En los años noventa y principios del nuevo milenio, recibió homenajes y reconocimientos que confirmaron su lugar en la historia de la fotografía. Siguió fotografiando hasta pasados los 95 años, y continuó dando talleres hasta poco antes de morir. Su última sesión fotográfica tuvo lugar en 2003. Murió el 18 de diciembre de 2006, a los 101 años, en San Francisco, dejando una obra coherente, depurada y profundamente significativa.

Su fotografía es una invitación a ver el mundo con otros ojos: más atentos, más lentos, más sensibles. Su legado no está solo en sus imágenes, sino en esa manera particular de mirar que nos sigue inspirando.


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