Fred Herzog nació el 21 de septiembre de 1930 en Stuttgart, Alemania, bajo el nombre de Ulrich Herzog. Creció durante los años turbulentos del nazismo y la Segunda Guerra Mundial, experiencias que marcaron profundamente su visión del mundo. La pérdida de sus padres durante el conflicto lo dejó huérfano a temprana edad. A partir de entonces, su vida estuvo marcada por la necesidad de independencia, resiliencia y un deseo de reconstrucción personal y cultural.

En 1952, como muchos jóvenes europeos de la posguerra en busca de nuevas oportunidades, emigró a Canadá. Se estableció en Vancouver, una ciudad que en aquel momento vivía una transformación acelerada y que terminaría siendo el escenario principal de su obra. Trabajó inicialmente como marinero y técnico médico en el St. Paul’s Hospital. Este trabajo, que combinaba el rigor científico con el contacto humano, le ofreció cierta estabilidad económica y libertad para explorar su creciente interés por la fotografía.
Fue en estos primeros años en Canadá cuando Herzog comenzó a fotografiar de manera autodidacta, experimentando con una cámara Leica y, lo más importante, con película en color Kodachrome, una decisión crucial que lo diferenciaría del grueso de los fotógrafos de su época, quienes seguían trabajando mayoritariamente en blanco y negro. Aunque carecía de una formación académica formal en arte, su sensibilidad visual fue alimentada por su interés por la pintura, el cine, la literatura y la vida callejera.
La carrera de Fred Herzog fue, en muchos sentidos, atípica. A diferencia de otros fotógrafos de renombre de su generación, Herzog no se dedicó exclusivamente a la fotografía ni vivió de su trabajo artístico durante la mayor parte de su vida. Su aproximación fue constante pero discreta, silenciosa pero comprometida. Fotografiaba por deseo interior, por un impulso de observación que encontraba en la calle su espacio vital.

Tras su llegada a Vancouver en los años cincuenta, Herzog quedó fascinado con la diversidad y textura humana de los barrios populares, especialmente zonas como el Downtown Eastside, Granville Street, Main Street, Hastings, y otras áreas periféricas que no eran habitualmente retratadas con interés artístico. En lugar de los paisajes naturales o las tomas monumentales que entonces dominaban la iconografía canadiense, él eligió fijar su lente sobre lo ordinario. Su trabajo se concentró en la vida urbana tal como es: con sus contradicciones, su caos, su lirismo y su decadencia.
Desde sus inicios, optó por el uso del color, una decisión estética audaz en una época en la que la fotografía artística se expresaba casi exclusivamente en blanco y negro. Mientras figuras como Henri Cartier-Bresson defendían el monocromo como sinónimo de seriedad y pureza visual, Herzog experimentaba con las posibilidades expresivas de la película Kodachrome, que permitía obtener colores vivos y precisos, ideales para registrar la riqueza visual de las calles. Esta elección lo situó al margen de los círculos fotográficos más establecidos, lo que contribuyó a que su obra pasara desapercibida durante décadas, a pesar de su calidad.
Durante los años 60 y 70, Fred Herzog se mantuvo como una figura casi invisible dentro del panorama artístico. Su producción era continua, pero sin difusión significativa. Como fotógrafo autodidacta, no participaba en galerías ni exposiciones, ni estaba vinculado a colectivos o revistas especializadas. Su archivo crecía mientras él seguía fotografiando casi diariamente, acumulando miles de diapositivas en color que guardaba cuidadosamente. Su trabajo paralelo como técnico médico le garantizaba los ingresos necesarios para mantener esta práctica sin comprometer su independencia.

A pesar del anonimato, en esos años Herzog sí tuvo cierta visibilidad en espacios locales. En 1969, por ejemplo, organizó una pequeña exposición en la Universidad de British Columbia, titulada Images of the City, que presentó varias de sus diapositivas en color mediante proyecciones. Aunque la muestra tuvo una recepción modesta, ya mostraba el núcleo de su visión: una ciudad viva, retratada con sensibilidad humanista y precisión estética. Sin embargo, los medios técnicos de la época no permitían realizar impresiones en color de alta calidad que hicieran justicia a las diapositivas Kodachrome, por lo que su trabajo permaneció mayormente encerrado en ese formato.
Es importante entender que Herzog desarrolló su lenguaje visual sin modelos directos a seguir, pero su trabajo dialoga en paralelo con el de otros pioneros del color, como Saul Leiter en Nueva York o Luigi Ghirri en Italia, quienes también comenzaron a experimentar con la fotografía en color como medio poético y subjetivo, lejos del uso puramente comercial o periodístico que entonces dominaba. Lo que los unía era una mirada hacia lo cotidiano, a las cosas o situaciones que normalmente pasan desapercibidas
Durante los años 80 y 90, Fred Herzog se convirtió en profesor en dos de las instituciones de arte más importantes de Vancouver: la Simon Fraser University y el Emily Carr Institute of Art and Design. Aunque no era un teórico formal, su capacidad de observar y su compromiso con la calle influyeron notablemente en generaciones jóvenes de fotógrafos canadienses. Su forma de enseñar se basaba en la observación paciente, en caminar la ciudad como ejercicio visual, y en aprender a ver antes que a disparar.

Su carrera dio un giro importante a partir del año 2000, cuando las nuevas tecnologías de escaneo e impresión digital permitieron reproducir fielmente las imágenes contenidas en sus diapositivas de Kodachrome. Gracias a este avance, por fin pudo preparar impresiones de alta calidad que respetaban la riqueza cromática de sus negativos originales. Esta posibilidad técnica coincidió con un creciente interés institucional por la fotografía en color y la revisión de autores hasta entonces ignorados.
El punto de inflexión llegó en 2007 con la retrospectiva Fred Herzog: Vancouver Photographs organizada por el Vancouver Art Gallery. La exposición reunió más de cien fotografías realizadas entre 1953 y 1985, la mayoría nunca vistas por el público. Fue un éxito inmediato. Críticos, artistas y académicos reconocieron en Herzog a un precursor del uso artístico del color en fotografía urbana, comparándolo con figuras como William Eggleston, quien había expuesto en el MoMA en 1976, o Stephen Shore, que desarrolló su trabajo en Estados Unidos durante los mismos años.
Lo que distinguía a Herzog, sin embargo, era su perspectiva canadiense y su enfoque profundamente local. Mientras Eggleston exploraba los suburbios del sur estadounidense, y Shore documentaba la América profunda con un enfoque sistemático, Herzog capturaba la vida de Vancouver desde adentro, con el ojo de alguien que había caminado la ciudad durante décadas, que conocía sus ritmos y contradicciones.

A partir de esta exposición, su carrera cobró un nuevo impulso. Su obra fue publicada en libros de alta calidad, adquirida por museos, y comenzó a circular internacionalmente. Entre 2007 y 2019, año de su fallecimiento, Herzog participó en numerosas muestras en Europa, Estados Unidos y Canadá. Su trabajo fue incluido en ferias de arte, retrospectivas y publicaciones especializadas. Esta última etapa de su vida fue también un momento de reconocimiento tardío, pero merecido. Su archivo fue finalmente valorado no solo por su dimensión estética, sino también por su importancia histórica como documento visual de una ciudad que, como tantas otras, había cambiado radicalmente en pocas décadas.
A pesar de esta consagración final, Fred Herzog nunca alteró su forma de trabajar ni su carácter modesto. Seguía caminando, observando, y tomando fotografías, incluso cuando ya tenía más de ochenta años. En muchas entrevistas, insistía en que su única motivación era “ver bien” y preservar lo que veía. Nunca trabajó con asistente, ni en estudios, ni en proyectos por encargo. Su trabajo fue profundamente personal, impulsado por una ética de la mirada y una pasión silenciosa por lo real.
En septiembre de 2019, Fred Herzog falleció en Vancouver, la ciudad que fue el gran escenario de su obra. Dejó un legado de más de 100.000 diapositivas, un archivo aún en proceso de catalogación, que constituye uno de los más valiosos documentos visuales del siglo XX canadiense. Hoy su nombre figura entre los grandes de la fotografía en color, pero también como un ejemplo de dedicación, paciencia y fidelidad a una visión personal.

La obra de Fred Herzog se puede entender como un puente entre el documentalismo urbano clásico y una visión profundamente personal del entorno. A primera vista, sus fotografías podrían parecer meros registros callejeros, pero al observarlas detenidamente, revelan una sensibilidad compositiva y una atención al color que las distingue de la fotografía documental tradicional.
Herzog retrató el corazón palpitante de Vancouver cuando aún era una ciudad mestiza, viva y llena de contradicciones. No buscaba los monumentos ni las postales, sino las esquinas olvidadas, las fachadas gastadas, los rótulos descoloridos y las miradas fugaces de la gente común. El uso del color en su obra no es accesorio, sino central: los neones rojos, los vestidos rosados, los autos oxidados, todo forma parte de una paleta viva que transmite no solo información visual, sino también emociones.
Una fotografía típica de Herzog puede mostrar una barbería de barrio con un cliente a medio cortar, un letrero de Coca-Cola al fondo, y una acera sucia reflejando la luz del sol. Esta escena, en apariencia anodina, se convierte en una composición equilibrada, rica en texturas y cargada de nostalgia. Herzog tenía el talento de convertir lo ordinario en extraordinario, sin dramatismos ni manipulaciones.

El tiempo es otro protagonista en su obra. Muchas de sus imágenes son testimonio de espacios que ya no existen, pero que a través de sus fotografías podemos tener presentes. Hay en su trabajo una tensión entre lo efímero y lo permanente: lo que fue, pero aún nos mira desde la imagen. La elección de Kodachrome como soporte no fue solo técnica, sino estética. Esta película producía colores saturados y definidos, perfectos para captar la vibración del entorno urbano. Sin embargo, también requería habilidad, ya que no ofrecía mucho margen de error. Herzog dominó esta herramienta y la convirtió en una extensión de su mirada.
A diferencia de fotógrafos más conceptuales, Herzog no trabajaba con ideas abstractas ni proyectos cerrados. Su método era el caminar y observar. Confiaba en su intuición para reconocer una escena fotográfica antes de que desapareciera. En este sentido, su obra es también una lección de atención: ver lo que otros no ven, o ver lo común con nuevos ojos.
Libros publicados
Fred Herzog publicó varios libros fundamentales para comprender su obra. La mayoría de ellos surgieron en años recientes, cuando su trabajo comenzó a ser revalorizado. Algunos de los títulos más importantes son:
- Fred Herzog: Vancouver Photographs (Douglas & McIntyre, 2007): este fue el primer libro que reunió en formato de alta calidad una selección representativa de su trabajo. Acompañó la exposición del Vancouver Art Gallery y fue clave para su redescubrimiento.
- Fred Herzog: Modern Color (Hatje Cantz, 2017): probablemente su libro más completo y bello desde el punto de vista editorial. Incluye más de 230 imágenes y ensayos de David Campany y Jeff Wall. Fue publicado internacionalmente y amplió el alcance global de su obra.
- Fred Herzog: Black and White (Equinox Publishing, 2020): este volumen póstumo explora una faceta menos conocida de su trabajo, realizada antes de su transición al color. Muestra cómo su ojo ya estaba entrenado para capturar la composición y el ritmo de la vida urbana.
Fred Herzog: Photographs (Equinox Publishing, 2011): incluye textos críticos y fotografías menos conocidas, ofreciendo una visión más íntima de su archivo.



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