Paolo Roversi nació el 25 de septiembre de 1947 en Rávena, una pequeña ciudad del norte de Italia, conocida por su historia bizantina y su riqueza artística. Esta atmósfera cultural profunda influyó notablemente en su sensibilidad visual desde temprana edad. Fue durante unas vacaciones familiares en España, cuando tenía diecisiete años, que tomó su primera fotografía con una cámara Kodak. La experiencia de capturar una imagen se convirtió rápidamente en una fascinación persistente.

El primer contacto profesional con la fotografía se dio cuando empezó a trabajar como aprendiz en el estudio del fotógrafo local Nevio Natali. Bajo su tutela, Roversi comenzó a aprender los fundamentos técnicos del oficio en el revelado, la iluminación y la composición. Durante este periodo, su formación fue clásica y rigurosa, basada en procesos analógicos, lo que sentó las bases para su particular estilo. En 1970, impulsado por el deseo de explorar nuevas fronteras creativas, Roversi se trasladó a París. La ciudad, entonces epicentro de la moda y el arte, le ofrecía el entorno ideal para desarrollar una carrera como fotógrafo profesional. Aunque sus primeros años en París estuvieron marcados por la lucha y la incertidumbre económica, la perseverancia y su estilo emergente lo condujeron pronto hacia los círculos de la moda y la publicidad.
Desde sus inicios en los años 70, Roversi fue perfilándose como un fotógrafo que no respondía a los dictados del mercado, sino a una necesidad personal de crear imágenes que contaran historias íntimas y emocionales. Su desembarco en París, en 1970, coincidió con un momento de gran efervescencia cultural y estética en Europa, lo cual le ofreció un terreno fértil para experimentar y crecer.
Los primeros años en la capital francesa no fueron fáciles. Como muchos jóvenes fotógrafos, tuvo que enfrentarse a un medio competitivo, dominado por nombres consagrados como Helmut Newton, Guy Bourdin o Sarah Moon. Para subsistir, realizó trabajos de laboratorio, asistencias técnicas y pequeñas colaboraciones con agencias de publicidad. Sin embargo, este periodo también le permitió observar, aprender y comenzar a delinear su propia voz visual.

Su primer gran logro profesional llegó en 1974, cuando el reconocido director de arte Peter Knapp, de Elle, lo introdujo en el mundo editorial de la moda. A través de él y de otros contactos, Roversi comenzó a trabajar para revistas como Marie Claire, Depeche Mode y posteriormente Vogue Italia. Su vínculo con esta última revista se convirtió en una de las asociaciones más fructíferas de su carrera, gracias al ojo visionario de Franca Sozzani, quien le dio libertad creativa total para desarrollar ensayos fotográficos fuera de lo común.
Durante los años ochenta, Roversi fue consolidando un estilo único. En lugar de seguir el camino más comercial de la fotografía de moda, optó por un enfoque introspectivo, poético y experimental. En esta época, dejó de usar cámaras de 35 mm o formato medio, y adoptó la cámara de gran formato de 8×10 pulgadas. Esta decisión tuvo implicaciones estéticas. La gran cámara, con su lento proceso de encuadre y enfoque, permitía una relación más íntima con el sujeto, y exigía del fotógrafo una presencia atenta.
Fue también en esta década cuando Roversi descubrió la película instantánea Polaroid 809, que se convertiría en uno de sus sellos personales. La película, originalmente utilizada para pruebas de exposición, ofrecía una textura suave, colores desaturados y un nivel de detalle que se ajustaba perfectamente a su búsqueda de lo intangible. Roversi convirtió esta técnica en una forma de arte: sus retratos Polaroid parecían surgir de una ensoñación, suspendidos entre lo material y lo espiritual.

Su estudio, ubicado en la Rue Paul Fort en París, a diferencia de los estudios comerciales llenos de asistentes y maquinaria, el espacio de Roversi era íntimo, casi silencioso. Allí, sin prisas ni presiones externas, realizaba sesiones que podían durar horas. El ritual consistía en preparar la escena con precisión: luz natural o una única fuente suave, modelos sin maquillaje exagerado ni poses forzadas, un fondo neutro y un enfoque en la expresión más que en el atuendo.
A lo largo de los años, Roversi trabajó con diseñadores que compartían su sensibilidad artística. Con Romeo Gigli, por ejemplo, desarrolló campañas que exploraban el romanticismo y la melancolía. Con Yohji Yamamoto y Comme des Garçons, se sumergió en una estética oriental. Más adelante, colaboró con marcas como Dior, Valentino, Alberta Ferretti, Lanvin, Giorgio Armani y Hermès, entre otras. Aunque estos trabajos pertenecían al ámbito de la publicidad, Roversi siempre supo preservar su estilo, evitando los clichés del marketing.
Uno de los aspectos más notables de su carrera es su capacidad para convertir a las modelos en musas, pero también en colaboradoras. A diferencia del enfoque objetual que predomina en la moda, Roversi construía con ellas una relación basada en la confianza, la introspección y la escucha. Modelos como Guinevere van Seenus, Natalia Vodianova, Kirsten Owen, Stella Tennant y Tilda Swinton regresaron una y otra vez a su estudio, seducidas por el ambiente pausado y profundo de sus sesiones.

Además de la fotografía de moda, Roversi incursionó en el retrato artístico y editorial. Retrató a figuras del arte, el cine y la música, siempre bajo la misma lógica de búsqueda interior. Su retrato de Robert Frank, por ejemplo, o sus series de actores y actrices para Another Magazine o Vogue Hommes, muestran su interés en despojar al sujeto de las máscaras públicas y revelar algo esencial.
Con el paso del tiempo, su influencia se volvió transversal. Si bien nunca adoptó el estilo digital ni las modas pasajeras, Roversi se mantuvo como referente tanto para fotógrafos jóvenes como para casas editoriales. En la década de 2010, trabajó con nuevas generaciones de diseñadores y artistas, sin perder su esencia analógica y reflexiva. En una industria dominada por la velocidad, el consumo masivo de imágenes y la inmediatez digital, Paolo Roversi resistió con una propuesta contraria: mirar lento, mirar profundo, mirar con devoción.
Uno de sus trabajos recientes fue su participación como fotógrafo del prestigioso Calendario Pirelli 2020, titulado Looking for Juliet. En este proyecto, Roversi reinterpretó la figura shakesperiana de Julieta a través de múltiples mujeres que encarnaban diferentes facetas del personaje. El resultado fue un calendario lírico, cargado de simbolismo, que se alejaba completamente del tono sensual y comercial de otras ediciones, y que ratificó su lugar como maestro absoluto del retrato.

Uno de sus trabajos recientes fue su participación como fotógrafo del prestigioso Calendario Pirelli 2020, titulado Looking for Juliet. En este proyecto, Roversi reinterpretó la figura shakesperiana de Julieta a través de múltiples mujeres que encarnaban diferentes facetas del personaje. El resultado fue un calendario lírico, cargado de simbolismo, que se alejaba completamente del tono sensual y comercial de otras ediciones, y que ratificó su lugar como maestro absoluto del retrato.
Hoy, con más de cinco décadas de trayectoria, Paolo Roversi sigue trabajando en París, fiel a su estudio, a sus cámaras de gran formato y a su búsqueda silenciosa de lo esencial. La obra de Paolo Roversi es una de las más personales y poéticas de la fotografía de moda. Desde que comenzó a trabajar con cámara de gran formato y película Polaroid, se alejó del camino comercial que seguían muchos otros fotógrafos. Mientras la industria buscaba imágenes brillantes, rápidas y modernas, Roversi apostó por lo opuesto: lo lento, lo suave, lo introspectivo. Su fotografía no trata solo de mostrar ropa o rostros. No busca la belleza perfecta, sino una verdad más profunda, emocional, a veces melancólica. Le interesa captar ese instante en que alguien baja la guardia, en que deja de posar.
Uno de los aspectos más reconocidos de su estilo es la forma en que usa la luz. Para él, la luz no es solo un recurso técnico, sino algo vivo. Dice que la luz es como un espíritu que acaricia al modelo y lo revela. Muchas de sus fotos tienen ese brillo suave y difuso que parece provenir de otro tiempo. A menudo, las sombras y los desenfoques son parte esencial de la imagen. No corrige «errores», los abraza, porque cree que lo imperfecto es también lo más humano.

Sus retratos tienen algo antiguo y moderno al mismo tiempo. A veces recuerdan a los cuadros de los grandes maestros del Renacimiento o del Barroco. Otras veces parecen visiones del futuro. Usa fondos sencillos, casi siempre grises o negros, que hacen que el sujeto se destaque más. Los colores están desaturados, tenues, como si se estuvieran apagando lentamente. Las poses son suaves, nunca forzadas. Los gestos parecen surgir de manera natural.
Uno de los temas centrales de su obra es lo femenino. A lo largo de los años ha retratado a muchas mujeres, siempre desde una mirada delicada, respetuosa, nunca sexualizada. En lugar de convertirlas en objetos de deseo, las presenta como seres enigmáticos, profundos, llenos de presencia. En sus fotografías, una mujer puede parecer una musa renacentista, una viajera del tiempo, o una figura de un cuento que no necesita explicación.
También ha explorado el desnudo, en su libro Nudi, por ejemplo, el cuerpo aparece como un lugar frágil, silencioso, expuesto. No hay provocación, hay contemplación.

La moda, para Roversi, no es el centro de la imagen, sino un lenguaje. El vestido es una extensión del personaje. A veces esconde, otras veces revela. Nunca impone. Él mismo ha dicho que no le interesa fotografiar la prenda, sino lo que la persona siente al usarla. Por eso trabaja tanto con diseñadores que valoran la poesía en la ropa, como Yohji Yamamoto, Comme des Garçons o Romeo Gigli.
Aunque sus imágenes aparecen en revistas y campañas de moda, Roversi no trabaja para vender. Su intención no es comercial, sino artística, incluso cuando se trata de trabajos por encargo, logra imprimirles su estilo: íntimo, suave, misterioso.
A lo largo de su carrera ha fotografiado tanto a modelos desconocidas como a grandes estrellas. Pero su manera de mirar no cambia. Ya sea una joven debutante o una celebridad mundial, Roversi las retrata con la misma calma y profundidad. No busca fama ni espectacularidad. Busca humanidad. En tiempos donde la fotografía se ha vuelto cada vez más digital, rápida y artificial, Paolo Roversi sigue fiel a la película, a la cámara grande, al cuarto oscuro, al error. A todo lo que implica lentitud, espera y dedicación.

Paolo Roversi ha publicado varios libros que recopilan lo más representativo de su trabajo. Entre los más importantes destacan:
- Libretto (1989): su primer libro, centrado en la elegancia minimalista de la forma femenina y la moda.
- Nudi (1999): una colección de desnudos en clave poética, donde el cuerpo es tratado con una delicadeza casi espiritual.
- Studio (2008): una mirada al proceso creativo dentro de su estudio en París, donde se revela el carácter artesanal de su método fotográfico.
- Secrets (2013): libro publicado con motivo de su exposición en París, incluye retratos íntimos y meditaciones visuales.
- Storie (2017): libro retrospectivo que reúne décadas de trabajo, con énfasis en la narrativa visual más que en la cronología.
Paolo Roversi: Studio Luce (2020): catálogo de la exposición en el Palazzo Reale de Milán, que ofrece un recorrido curatorial por toda su trayectoria.





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